De chatarra a hogar soñado: la asombrosa transformación de un vagón de subte en una casa de fin de semana

Un vagón de subte abandonado se convierte en un hogar soñado en un barrio privado de Canning

Un proyecto desafiante y original

En un barrio privado de Canning, donde la mayoría de las personas sueñan con casas modernas y construcciones tradicionales, Juan Iriarte eligió un camino completamente distinto. Con 47 años y una profesión como inspector de Medio Ambiente en el Ministerio de Ambiente de la Provincia de Buenos Aires, Juan tiene una pasión por reutilizar y darle nueva vida a objetos descartados. Esta pasión lo llevó a convertir un viejo vagón de subte, abandonado y vandalizado, en una casa de fin de semana para su familia.

La historia de una aventura

Todo comenzó en 2020, en pleno encierro, cuando Juan vio una promoción en su teléfono que captó su atención: “Lotes en Canning, accesibles y financiados”. Era el barrio Estilo Campo, un desarrollo incipiente que estaba casi vacío y donde todo estaba por hacerse. La decisión fue rápida y casi impulsiva. Juan y su esposa decidieron invertir 8.500 dólares en un terreno de 10 metros de ancho por 30 metros largo. Sin embargo, el problema vino después: ¿qué hacer con él?

La búsqueda de alternativas

En aquel entonces, el barrio no tenía prácticamente nada, apenas algunas construcciones en marcha. Y levantar una casa tradicional desde cero implicaba costos muy elevados que Juan y su familia no podían enfrentar. Así que empezaron a buscar otras alternativas. Primero miraron casas container, luego silos reciclados y estructuras metálicas. Fue entonces cuando el algoritmo hizo el resto. Juan encontró una noticia sobre una subasta de antiguos vagones de la Línea B del subte porteño, realizada en 2016. Le siguió el rastro y descubrió que esos vagones habían sido comprados por una empresa llamada Hierro y Ruedas, y los contactó.

El encuentro con el vagón

Del otro lado del teléfono, la respuesta fue tan simple como inesperada: “Sí, los tengo acá. ¿Querés pasar a verlos?”. El “acá” era un predio en Pilar, un depósito de chatarra que, según Juan, es “una juguetería para quien le gustan las cosas raras”. Entre piezas antiguas, estructuras y objetos de demolición, había cuatro vagones disponibles. Estaban muy deteriorados, vandalizados, sin vidrios, grafitados. Pero tenían una estructura sólida y potencial. Solo les faltaba un poco de cariño.

La transformación

Juan negoció la compra del vagón y logró acordar el pago de $700.000. Luego, surgieron nuevos desafíos, como el traslado del vagón de Retiro a Canning. Pero Juan pudo sortear ese obstáculo gracias a la buena predisposición de Javier, el dueño de la empresa, quien se comprometió a hacerse cargo de la logística. Una vez en el lote, dos grúas levantaron el vagón y lo apoyaron sobre durmientes. La transformación llevó unos tres meses. Juan contrató a un carpintero para realizar las divisiones internas y a un electricista para cablear todo el vagón.

El resultado

El resultado es sorprendente: en un espacio de 18 metros de largo por 2,63 de ancho, Juan logró diseñar una casa funcional para toda su familia. La clave fue un pasillo de 80 centímetros que recorre el vagón, permitiendo acceder a cada ambiente sin tener que atravesar otros espacios. Primero está el baño, que tiene una ducha escocesa. Luego, los dormitorios de los chicos, compactos pero funcionales, con cuchetas; al final, el dormitorio principal, que es el más amplio. El sector social ocupa casi la mitad del vagón: cocina, comedor y living integrados.

La vida en el vagón

La familia de Juan utiliza la casa principalmente en verano. Los fines de semana largos, o cuando el clima acompaña, se escapan de la ciudad para disfrutar de la tranquilidad del country. En invierno, las actividades de los chicos reducen las visitas. Pero el lugar sigue ahí, listo, intacto. “Podés no ir por un mes y cuando volvés casi no tenés ni que barrer”, contó Juan, destacando que la estructura es hermética y no entra ni agua ni tierra.

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