La dependencia energética de Europa
Hace dos décadas, Europa tomó la decisión de ser virtuosa en términos energéticos. Cerró centrales nucleares que funcionaban perfectamente, prohibió el fracking y descuidó sus propias reservas de gas y petróleo en el Mar del Norte. En su lugar, llenó sus paisajes de molinos de viento y paneles solares, bajo la premisa de que esto la salvaría del cambio climático y de su dependencia energética. Sin embargo, el resultado ha sido el opuesto.
El grifo ruso se cierra
En 2021, Europa importaba el 45% de su gas natural de Rusia. Países como Alemania llegaban al 65%, Hungría al 95%, y Letonia y República Checa al 100%. Sin embargo, cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, este grifo se cerró de golpe. Los precios del gas en los mercados europeos se multiplicaron por cuatro en cuestión de semanas. La industria alemana, que había construido su competitividad sobre energía barata y abundante, entró en una crisis estructural de la que no ha salido. Alemania, la mayor economía de Europa, lleva dos años en recesión.
La búsqueda de alternativas
Europa reemplazó el gas ruso comprando gas natural licuado en mercados internacionales, mucho más caro y vulnerable a conflictos globales. Sin embargo, cuando estalló el conflicto con Irán, los precios del gas en el mercado de referencia europeo subieron un 55% en una sola semana. Dos crisis energéticas en cuatro años, provocadas por conflictos militares que Europa no tiene capacidad de resolver ni evitar. Esto pone de relieve el problema de fondo: Europa no es una potencia militar y no quiere serlo.
La ironía de la situación
Lo más irónico es que los recursos propios existían. El Mar del Norte tiene petróleo y gas en cantidades suficientes para reducir drásticamente la dependencia exterior. El subsuelo europeo tiene gas extraíble mediante fracking, técnica que Europa prohibió por motivos medioambientales mientras la usaba sin problema para importar gas licuado producido con esas mismas técnicas en otros países. Las centrales nucleares que cerraron Alemania, Bélgica y Suiza generaban electricidad limpia, estable, barata y sin emisiones. Todo esto fue sacrificado.
El costo de la ideología
Lo que Europa eligió en cambio son molinos de viento y parques solares. Instalaciones que generan energía intermitente, solo funcionan cuando hay viento o cuando brilla el sol, y se apagan cuando no los hay. Esta intermitencia desestabiliza las redes eléctricas, genera desequilibrios de frecuencia y provoca apagones. La solución técnica a la intermitencia son las baterías de gran escala, pero Europa no las fabrica, las compra en China.
El futuro de la energía
Estamos en la era donde la energía no es solo calefacción, transporte e industria. La energía es inteligencia artificial. Entrenar un modelo de IA de frontera consume la misma electricidad que miles de hogares durante meses. Procesar cada consulta que millones de personas hacen cada día a ChatGPT, Claude o Gemini requiere centros de datos que funcionan las 24 horas consumiendo cantidades masivas de electricidad. Sin embargo, prácticamente nada de esa computación ocurre en Europa.
La consecuencia del suicidio energético
La razón es directa: construir centros de datos de IA requiere energía abundante, barata y fiable. Las tres cosas que Europa ha elegido sistemáticamente no tener. Los grandes centros de datos de IA que se están construyendo ahora en Estados Unidos se alimentan de gas natural y energía nuclear. En Europa, esa combinación es políticamente imposible en la mayoría de los países. Así que Europa prohibió el fracking, cerró sus nucleares, ignoró su petróleo y gas propios, llenó sus paisajes de molinos que no pueden garantizar suministro estable, compró las baterías que necesita en China, dejó morir a sus ciudadanos de calor en verano porque la luz es demasiado cara para encender el aire acondicionado, y quedó sin capacidad de construir la infraestructura digital del siglo XXI.
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