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La lucha contra la demencia: ¿Pueden los hábitos saludables ser la clave?

La adopción de hábitos saludables puede ser clave para reducir el riesgo de demencia, según las últimas investigaciones

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha señalado que es posible reducir el riesgo de padecer deterioro cognitivo y demencia mediante la adopción de hábitos saludables. Estos incluyen hacer ejercicio con regularidad, no fumar, evitar el consumo nocivo de alcohol, controlar el peso, seguir una dieta saludable y mantener una tensión arterial y unos niveles de colesterol y de glucemia adecuados.

La búsqueda de respuestas

Un análisis publicado en la revista Nature examinó qué dice realmente la ciencia sobre la prevención de la demencia a partir de hábitos saludables y del estilo de vida. La revisión pone el foco en una idea central del campo: hay asociaciones consistentes entre ciertos hábitos y un menor riesgo, pero sigue siendo difícil medir cuánto cambia el riesgo real de una persona cuando modifica su conducta.

Kristine Yaffe, neuróloga y especialista en demencia de la Universidad de California en San Francisco, resume ese dilema con una escena frecuente en su clínica de memoria. A veces, escucha a personas que le dicen: “Camino ocho kilómetros al día, no bebo y juego al bridge, entonces, ¿por qué tengo la enfermedad de Alzheimer?”. A la especialista le cuesta explicar que incluso hacer todo lo posible para reducir el riesgo no garantiza evitar la enfermedad.

La importancia de la prevención

La demencia podría prevenirse en teoría en hasta 45% de los casos si se redujeran 14 factores de riesgo modificables, pero la evidencia disponible muestra que las intervenciones intensivas sobre dieta, ejercicio, vida social y salud cardiovascular producen, en el mejor de los casos, mejoras cognitivas pequeñas y todavía no han demostrado que eviten la enfermedad.

La investigación ha relacionado con un menor riesgo de demencia a la dieta saludable, la actividad física y la estimulación social y cognitiva. También señaló factores menos obvios, como tratar la pérdida de visión y de audición y, posiblemente, la vacuna contra el herpes zóster.

El desafío de la implementación

Uno de los trabajos que más atención recibió fue el estudio POINTER, realizado en Estados Unidos y publicado el año pasado. El diseño siguió la lógica de FINGER: unos 2.000 participantes de entre 60 y 79 años con factores de riesgo de demencia fueron asignados aleatoriamente a dos grupos.

La escala del problema explica la urgencia del debate. Según el Estudio de la Carga Global de Enfermedad, la cantidad de personas con demencia, cuya forma más común es el Alzheimer, crecerá de 57 millones a 153 millones entre 2019 y 2050.

La búsqueda de soluciones

Más del 60% de las personas con demencia vivían en países de ingresos bajos y medios en 2021. Es también en esos países donde la carga crece más rápido, en parte por el aumento de la esperanza de vida.

La pregunta que todavía no tiene respuesta es la que, según Yaffe, todos quieren ver resuelta: si estas intervenciones reducen de verdad la incidencia de demencia. El único ensayo multidominio que informó esa incidencia como resultado principal, el estudio preDIVA, de seis años y publicado en 2016, no mostró ningún efecto.

Los investigadores también estudian la posibilidad de combinar esos programas con los nuevos medicamentos antiamiloide beta. La expectativa es que, si los cambios de conducta por sí solos tienen un efecto pequeño, quizá una estrategia mixta logre un beneficio mayor.

Conclusiones y recomendaciones

La recomendación práctica de Livingston es mantenerse activo en lo cognitivo, lo físico y lo social, dejar de fumar y controlar audición, visión, presión arterial, glucosa y colesterol, con tratamiento cuando haga falta. Richard dice a sus pacientes que adoptar un estilo de vida saludable tiene pruebas a favor para prevenir accidentes cerebrovasculares, infartos y para mejorar el bienestar general.

Yaffe coincide en que tiene sentido alentar a la población a reducir los factores de riesgo conocidos, siempre que sea posible, porque eso podría beneficiar la salud cerebral, la cardiovascular y también la salud pública. Cuando habla con personas que llevaron una vida sana y aun así recibieron un diagnóstico de demencia, su respuesta es otra: “Siempre les digo: ‘Hay genética y hay mala suerte’. Y quizás si no hubieran hecho esas cosas, habría ocurrido antes”.

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