París se prepara para la marcha del sábado: comercios blindados y el gas pimienta se agota
Los propietarios del centro parisino refuerzan sus vitrinas y buscan armas de defensa ante la sombra de nuevos disturbios.

París se prepara para la marcha del sábado: comercios blindados y el gas pimienta se agota
El centro de París se encuentra en estado de alerta mientras se acerca la única manifestación autorizada para este sábado. Tiendas de la zona de Les Halles y del bulevar Saint‑Antoine han reforzado sus escaparates con tablones de madera y los dueños se arremangan con aerosoles de gas pimienta y pistolas de balines, temiendo que se repitan los saqueos del fin de semana pasado.
El despliegue policial y la sensación de inseguridad
El gobierno de Emmanuel Macron anunció la movilización de 70.000 policías y gendarmes para contener cualquier brote de violencia. La medida responde a los “numerosos llamados en redes sociales a cometer abusos y saqueos” que, según la autoridad, podrían desencadenarse durante la concentración. En las calles, decenas de furgones policiales ya patrullan la zona, mientras la plaza de la Bastilla sigue abierta al tráfico y apenas se avista a manifestantes.
Los comerciantes del corazón de la capital, sin embargo, no confían solo en la presencia de la fuerza pública. En la “Armería de la Bolsa”, situada en el corazón de Les Halles, el propietario Yves Gollety asegura que las ventas de material defensivo se han disparado en la última semana. “Los comerciantes compran aerosoles y cosas así porque han sido agredidos y tienen miedo”, comentó a la agencia EFE, añadiendo que muchos están traumatizados después del saqueo que dejó daños en unos 3.000 comercios el 17 de octubre.
Los escaparates bajo madera: una escena inédita en la capital
El panorama que se observa en la Rue de Rivoli y en los pasajes de Le Marais resulta desconcertante para los parisinos habituales. Tablones de madera cubren vitrinas de grandes cadenas y boutiques de lujo, creando una barrera visual que recuerda a los frontes de guerra. “Desgraciadamente, nos estamos atrincherando”, dijo Tara, responsable de una farmacia del barrio, mientras los operarios clavaban los tablones sobre la fachada.
En una peluquería cercana, la joven dependienta Alice confirmó que cerrarán el sábado y que ya han llamado a una empresa para instalar las protecciones. “Es complicado, es triste, no es normal que haya otra manifestación prevista”, lamentó, subrayando la frustración que siente el comercio ante la falta de una respuesta contundente del presidente.
Armas de defensa sin permiso y la escasez del gas pimienta
En la armería, los clientes llenan los estantes con aerosoles de gas pimienta y dispositivos que liberan gases irritantes, productos que en Francia no requieren autorización. Las pistolas de balines, conocidas como “flash‑ball”, también están a la venta libre, aunque Gollety informó que el stock está agotado tras la oleada de compras de la última semana.
El temor se extiende más allá de los propietarios. Dependientes como Sarah de una boutique y Tony, dueño de una peluquería, expresan su incertidumbre: “No van a hacer pasar la manifestación por el bulevar Saint‑Antoine, ¿verdad?”. Mientras tanto, algunos comercios deciden mantener sus puertas abiertas, aunque con la fachada blindada, como la tienda de productos de peluquería donde los empleados se preparan para una posible agresión.
Voces del terreno: relatos de miedo y resistencia
En una tienda de ropa tejana, el dependiente confesó que habían roto los tablones de madera de los escaparates, aunque el interior se mantiene intacto. En una conocida firma francesa, una empleada, frente a los cristales cubiertos, admitió haber sufrido daños, pero prefirió no dar más detalles a la prensa.
El relato más inesperado llega de Amhed, propietario de un pequeño kebab cuya ventana quedó fracturada durante la protesta anterior. “Sí, nos lo rompieron, pero si quieren entrar, que entren y les damos de comer”, dijo con una sonrisa que oculta la dureza de la situación. “Nosotros somos todo: los dueños, los cocineros y los vigilantes. No vamos a hacer nada”, añadió, mientras sus compañeros se acomodan en el fondo del local.
Raíces de la tensión: ¿por qué la ciudad se vuelve un campo de batalla comercial?
La ola de violencia que sacudió París a mediados de octubre no es un hecho aislado. Desde el movimiento de los “chalecos amarillos” hasta las protestas contra la reforma de pensiones, la capital ha vivido una serie de manifestaciones que, en ocasiones, han derivado en saqueos y enfrentamientos con la policía. El 17 de octubre, una serie de disturbios dejó daños materiales por valor de varios millones de euros, afectando a comercios de todo tipo, desde boutiques de alta costura hasta pequeños comercios familiares.
El gobierno ha intentado equilibrar el derecho a la protesta con la necesidad de proteger la economía local. Sin embargo, la percepción de impunidad y la falta de una respuesta clara han generado una atmósfera de desconfianza entre los comerciantes, que sienten que sus voces no son escuchadas. En ciudades como Lyon y Marsella, las autoridades prohibieron manifestaciones similares, lo que ha alimentado la frustración en París, donde la marcha del sábado sigue en pie.
Históricamente, los centros urbanos franceses han sido escenarios de confrontación social. Desde la Revolución de 1789 hasta los movimientos estudiantiles de 1968, la calle ha sido el espacio donde la ciudadanía expresa su descontento. En la actualidad, la combinación de crisis económica, inflación y tensiones políticas ha reavivado esa tradición de protesta, pero también ha puesto en evidencia la vulnerabilidad de los pequeños comerciantes frente a la violencia urbana.
El legado de la resistencia comercial en la capital francesa
Los comerciantes de París han desarrollado, a lo largo de los años, una serie de estrategias de autoprotección que van desde la instalación de sistemas de videovigilancia hasta la contratación de guardias privados. La tendencia actual de blindar los escaparates con madera evoca prácticas de la posguerra, cuando los dueños de tiendas de barrio reforzaban sus fachadas para evitar los saqueos de la ocupación alemana.
En la década de 1990, tras los disturbios en los suburbios, la ciudad implementó un programa de apoyo financiero a los comercios afectados, pero la ayuda nunca alcanzó a cubrir la totalidad de los daños. Hoy, la falta de recursos y la rapidez con la que se agotan productos de defensa como el gas pimienta ponen de relieve la precariedad de los pequeños empresarios frente a la violencia.
El futuro de la manifestación del sábado dependerá, en gran medida, de la capacidad del Estado para garantizar la seguridad sin coartar la libertad de expresión. Mientras tanto, los comerciantes de París seguirán reforzando sus vitrinas, comprando aerosoles y esperando que la noche pase sin incidentes, con la esperanza de que la ciudad recupere pronto la tranquilidad que tanto anhela su gente.
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