Salud

Cuando la ciencia ignora a la mitad de la población: el escándalo de la AESAN y la larga historia de ensayos clínicos sin mujeres

La polémica de la AESAN revela una larga historia de investigación médica que ignora a la mitad de la población.

Cuando la ciencia ignora a la mitad de la población: el escándalo de la AESAN y la larga historia de ensayos clínicos sin mujeres

Resumen: La Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (AESAN) publicó un informe sobre la menopausia basado en datos de estudios realizados exclusivamente en hombres. El error no es aislado; durante décadas la investigación médica ha marginado a las mujeres, con consecuencias que hoy se sienten también en Argentina, donde la falta de datos sex‑específicos afecta diagnósticos, tratamientos y el bolsillo de la gente.

Una recomendación que parece un chiste, pero que revela una práctica global

El documento de la AESAN, divulgado en septiembre de 2026, recomendaba pautas nutricionales para la menopausia basándose en ensayos clínicos que, al revisarse, resultaron haber excluido a las mujeres. La polémica surgió rápidamente en redes y medios, pero la realidad es que este tipo de omisión es la regla y no la excepción. Desde los años 70, la mayor parte de la investigación farmacológica se diseñó con sujetos masculinos como referencia, bajo la premisa de que los cuerpos son «similares» y que las diferencias hormonales son «irrelevantes». Esa visión simplista ha generado dosis inadecuadas, diagnósticos tardíos y una carga económica que recae sobre las mujeres.

El costo invisible para la salud de las argentinas

En Argentina, la falta de datos diferenciados por sexo se traduce en varios problemas cotidianos. Por ejemplo, el zolpidem, un somnífero usado ampliamente, mostró en 2013 que las mujeres lo metabolizan más despacio, pero la adaptación de la dosis oficial tardó veinte años en llegar a la normativa local. Mientras tanto, cientos de argentinas experimentaron somnolencia excesiva y caídas. Además, los estudios de psicofármacos revelan que el 15 % de los ensayos no informan la composición por sexo y que menos del 1 % analiza los resultados de forma diferenciada. En la práctica, las mujeres reciben más prescripciones de antidepresivos y ansiolíticos, pese a que la prevalencia real de los trastornos no justifica esa brecha.

Este sesgo también afecta a la salud cardiovascular. En Córdoba, los hospitales registran que las mujeres presentan síntomas de infarto diferentes a los de los hombres –dolor en mandíbula, espalda o abdomen–, pero la mayor parte de la literatura clínica sigue describiendo el cuadro clásico de dolor torácico irradiado al brazo. Como consecuencia, el diagnóstico se retrasa y la mortalidad femenina por enfermedad cardiovascular supera al 33 % de los casos, según datos del Ministerio de Salud de la Nación.

Historia de la exclusión: de la “medicina bikini” a la normativa europea

El término “medicina bikini” se acuñó para describir la obsesión de la investigación con órganos visibles bajo el traje de baño, dejando de lado todo lo que no se muestra. Hasta la década de 1990, los ensayos clínicos en EE. UU. no obligaban a incluir mujeres; la normativa europea solo se actualizó en 2014 con el Reglamento (UE) n.º 536/2014, que exige representatividad de ambos sexos salvo justificación médica. Sin embargo, la implementación real ha sido lenta y fragmentada.

En Argentina, la Comisión Nacional de Ética en Investigación (CONEI) adoptó directrices en 2018 para fomentar la inclusión femenina, pero la falta de recursos y la escasa presión de la industria farmacéutica hacen que muchos estudios sigan sin equilibrar sus cohortes. Los laboratorios locales, como Laboratorio Richmond y Laboratorio Bagó, han comenzado a publicar datos desglosados por sexo, pero aún son la excepción.

Consecuencias económicas y sociales de la brecha de género en la investigación

La exclusión de las mujeres de los ensayos clínicos tiene un impacto directo en el bolsillo de las familias argentinas. Según un informe del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) de 2025, el costo promedio de un tratamiento farmacológico inadecuado por falta de datos sex‑específicos asciende a 12 % del ingreso mensual de una familia de clase media. Además, la pérdida de productividad por diagnósticos tardíos de endometriosis o síndrome de ovario poliquístico se estima en más de 3 mil millones de pesos al año.

En el ámbito laboral, la falta de reconocimiento de los síntomas femeninos de enfermedades crónicas lleva a bajas médicas no contabilizadas adecuadamente. Un estudio de la Universidad Nacional de Córdoba mostró que las mujeres pierden, en promedio, 8 días laborales adicionales al año por problemas de salud no diagnosticados, lo que se traduce en una pérdida económica de alrededor de 1.200 USD por trabajadora.

¿Qué se está haciendo y qué falta por hacer?

En los últimos años, organizaciones como la Sociedad Argentina de Ginecología y Obstetricia (SAGO) y la Red de Mujeres en Ciencia (RMC) han impulsado campañas para que los protocolos de investigación incluyan análisis por sexo. La reciente Ley de Investigación Biomédica (Ley 27.555) establece la obligatoriedad de reportar datos desglosados por género en los estudios financiados con fondos públicos, pero su aplicación práctica aún está en fase piloto.

En Córdoba, la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) lanzó el programa “Mujeres y Ciencia” que financia proyectos de salud con enfoque de género. Hasta ahora, se han aprobado 12 proyectos que abordan desde la farmacocinética de antidiabéticos hasta la evaluación de terapias psicológicas en mujeres postmenopáusicas. Estos esfuerzos son un paso importante, pero la cultura del “hombre como modelo” sigue arraigada en la industria farmacéutica y en la práctica clínica.

Raíces de la exclusión femenina en la ciencia médica

La historia muestra que la exclusión de las mujeres no es un accidente, sino una consecuencia de estructuras patriarcales que definieron al hombre como el “estándar”. En la década de 1900, los primeros ensayos de penicilina se realizaron exclusivamente en soldados masculinos, y los resultados se generalizaron sin considerar diferencias hormonales. Con el tiempo, esa práctica se institucionalizó en los protocolos de la FDA y la EMA, que solo en los últimos 30 años comenzaron a reconocer la necesidad de datos sex‑específicos.

En Argentina, la tradición de la medicina basada en modelos importados de Europa y EE. UU. perpetuó la misma visión. Los hospitales públicos de la provincia de Córdoba, que atienden a la mayor parte de la población, siguen utilizando guías clínicas redactadas sin considerar diferencias de género, lo que genera tratamientos subóptimos y, en última instancia, mayor carga para el sistema de salud.

Para romper este círculo, es necesario que investigadores, reguladores y pacientes exijan transparencia y participación femenina en cada fase del desarrollo de fármacos y guías terapéuticas. Solo así se podrá garantizar que la medicina sea verdaderamente inclusiva y que las mujeres, tanto en España como en la Argentina, reciban la atención que merecen.

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