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¿Cuántos años tienen los jefes de Estado y qué implica para la Argentina?

Un estudio reciente de la investigadora Hannah Ritchie, que recopila información de más de 140 naciones, muestra que la edad mediana de los líderes ejecutivos del planeta se sitúa alrededor de los 64 años. El análisis incluye presidentes, primeros ministros y monarcas, y revela marcadas diferencias entre continentes, regímenes y la propia estructura demográfica de cada sociedad.

El panorama global: los mandatarios más longevos

En el listado global aparecen figuras como Paul Biya, de 93 años, que sigue al frente de Camerún, un país cuya población tiene una edad mediana de apenas 18 años. La brecha de 75 años entre el presidente y el ciudadano medio de su nación constituye uno de los contrastes más extremos registrados. No es un caso aislado: tres de cada cuatro habitantes del planeta viven bajo el mando de alguien mayor de 65 años, y dos de cada tres están gobernados por líderes que superan los 70.

En el conjunto de los 19 países del G20 analizados, dos superan los 80 años de edad: Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil) y Donald Trump (Estados Unidos). Otros siete dirigentes superan los 70, mientras que solo tres están por debajo de los 50: la primera ministra italiana Giorgia Meloni (49), el presidente francés Emmanuel Macron (48) y el príncipe heredero saudí Mohammed bin Salman (41). Si se toma como referencia al rey Salman de 90 años, la lista de mandatarios menores de 50 se reduce a dos.

Regiones y brechas generacionales

África concentra a los dirigentes de mayor edad, con una mediana cercana a los 70 años, y ocho de los diez líderes más ancianos del continente se encuentran en regímenes catalogados como autocracias. En contraste, Europa y América del Sur presentan liderazgos más jóvenes, con edades medianas alrededor de los 50 años. La diferencia entre la edad de los mandatarios y la mediana de sus poblaciones rara vez supera los 30 años en Europa, mientras que en África puede superar los 50, como ocurre en Níger, Chad o la República Democrática del Congo, donde la mediana poblacional es de apenas 16 años.

En promedio, los líderes tienen 20 años más que la población adulta de sus países. En 129 de los 143 estados analizados, el mandatario supera la edad mediana de sus habitantes, lo que evidencia una desconexión generacional que, según los autores, no determina la calidad del gobierno, pero sí marca una característica estructural de la política contemporánea.

El caso de Argentina y la América Latina

Argentina, con una edad mediana poblacional de 31 años, se sitúa en una zona intermedia del mapa mundial. El presidente actual, nacido en 1971, tiene 53 años, lo que lo coloca ligeramente por debajo de la media global pero por encima de la mediana nacional. Esta diferencia de unos 22 años entre el mandatario y el ciudadano medio genera debates sobre la representatividad de las políticas públicas, especialmente en áreas como empleo juvenil, educación y acceso a la vivienda, donde la brecha generacional se traduce en percepciones de “desconexión” entre el gobierno y la población joven.

En la provincia de Córdoba, el gobernador también se encuentra en la franja de los 50, lo que permite una mayor afinidad con los estudiantes universitarios de la Universidad Nacional de Córdoba y con los emprendedores del ecosistema tecnológico cordobés. Sin embargo, la tendencia global de envejecimiento de los líderes plantea la necesidad de fortalecer mecanismos de sucesión y renovación política para evitar que la brecha generacional se amplíe y dificulte la implementación de políticas orientadas a los jóvenes.

Duración en el poder: más allá de la edad

La permanencia en el cargo es otro factor que marca la diferencia entre democracias y autocracias. Vladimir Putin acumula 27 años en el gobierno ruso, y Recep Tayyip Erdoğan lleva 24 años al frente de Turquía. En regímenes democráticos, ninguna de las 25 democracias liberales del estudio cuenta con un líder que haya superado los diez años en el poder, mientras que en autocracias existen mandatarios con más de cuatro décadas de mandato.

Esta disparidad sugiere que, más allá de la edad, los límites constitucionales y la cultura política influyen decisivamente en la renovación de los liderazgos. En Argentina, la Constitución establece un límite de dos períodos consecutivos para el presidente, lo que, al menos en teoría, favorece la rotación y la incorporación de nuevas voces.

Lecciones de la historia cordobesa para la política contemporánea

En la historia de Córdoba, la figura del intendente ha pasado de ser un cargo vitalicio en la época colonial a un mandato de cuatro años con posibilidad de reelección. Esta evolución refleja una tendencia a equilibrar la experiencia acumulada con la necesidad de renovación. La ciudad ha visto cómo la edad de sus dirigentes ha influido en la planificación urbana: los intendentes más jóvenes impulsaron proyectos de movilidad sostenible y tecnología, mientras que los mandatarios de mayor edad priorizaron la conservación del patrimonio y la infraestructura tradicional.

Ese legado muestra que la edad no es un obstáculo per se, sino una variable que, combinada con la visión política y el contexto demográfico, determina la capacidad de respuesta a los desafíos sociales. En un país donde la población sigue rejuveneciendo, la presión para que los cargos ejecutivos reflejen esa juventud será cada vez más fuerte.

En conclusión, la brecha entre la edad de los líderes mundiales y la de sus ciudadanos sigue siendo un tema de debate global. Para Argentina y Córdoba, la clave está en crear mecanismos institucionales que permitan una transición generacional fluida, garantizando que las decisiones de hoy respondan a las aspiraciones de las próximas generaciones.

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