Salud

Del alga verde a la vista: cómo la optogenética ganó el Nobel de Medicina 2026

De una alga verde a terapias que devuelven la visión: la odisea científica que culminó con el Nobel 2026.

Del alga verde a la vista: cómo la optogenética ganó el Nobel de Medicina 2026

Este 5 de octubre de 2026, el Comité Nobel anunció que el galardón en Medicina y Fisiología corresponde a Karl Deisseroth, Peter Hegemann y Georg Nagel, cuyas investigaciones sobre las canalrodopsinas, proteínas extraídas de una microalga verde, están revolucionando la neurociencia y abriendo la puerta a terapias para la ceguera.

El hallazgo que cambió el rumbo de la neurociencia

Todo comenzó a principios de los años noventa, cuando Peter Hegemann, entonces investigador en la Universidad de Friburgo, estudió la fototaxia de Chlamydomonas reinhardtii. Observó que la microalga respondía a pulsos de luz con una latencia de microsegundos, una rapidez que desbordaba cualquier señal química conocida en la visión animal. Esa velocidad sugería que el fotorreceptor y el canal iónico estaban fusionados en una única proteína, lo que más tarde se identificaría como una canalrodopsina.

En 2002, el propio Hegemann y su equipo descifraron la secuencia genética de estas proteínas, abriendo la puerta a su expresión en células animales. Fue entonces cuando Georg Nagel, trabajando en la Universidad de Columbia, replicó la proteína en neuronas de ratón y demostró que la luz azul podía activar esas células con una precisión de milisegundos.

De la biología de la alga a la optogenética de Deisseroth

Karl Deisseroth, neurocientífico de la Universidad de Stanford, tomó esas proteínas y las introdujo en el cerebro de roedores. Con la ayuda de fibras ópticas implantadas, mostró que la iluminación con pulsos de luz azul provocaba potenciales de acción neuronales exactos, permitiendo controlar comportamientos tan complejos como el sueño, la memoria y la interacción social. En 2006 acuñó el término “optogenética” para describir esta sinergia entre genética y fotónica.

La técnica se expandió rápidamente: laboratorios de todo el mundo comenzaron a usar diferentes variantes de canalrodopsinas (por ejemplo, Chrimson, sensible a luz roja) para mapear circuitos cerebrales con una resolución antes inimaginable. En Córdoba, investigadores del Instituto de Neurociencias de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) adoptaron la optogenética para estudiar la neuroinflamación en modelos de esclerosis múltiple, generando colaboraciones con grupos de Stanford y la Universidad de Heidelberg.

Aplicaciones clínicas: la luz como medicina para la ceguera

El verdadero salto de la optogenética al ámbito médico se dio con la retinitis pigmentosa, una enfermedad hereditaria que destruye los fotorreceptores y lleva a la ceguera total. En 2024, el equipo liderado por Botond Roska en la Universidad de Zurich utilizó una variante de canalrodopsina sensible a luz roja (Chrimson) para reactivar las células ganglionares de la retina de pacientes ciegos. Con gafas especiales que proyectaban pulsos de luz, los pacientes recuperaron la capacidad de distinguir objetos de alto contraste.

En Argentina, el Hospital de Oftalmología de la Universidad Nacional de Córdoba, en colaboración con la empresa biotecnológica CordovaBio, está ejecutando un ensayo clínico piloto que adapta la terapia de Roska a la población local. Si bien el proyecto aún está en fase inicial, los resultados preliminares indican mejoras en la detección de movimiento y en la percepción de luces intermitentes, lo que podría traducirse en una mejor calidad de vida para cientos de pacientes cordobeses.

Impacto económico y científico para la región

El reconocimiento Nobel no solo valida décadas de investigación, sino que también impulsa la inversión. Según datos del Ministerio de Ciencia, Tecnologías e Innovación de Argentina, la optogenética ha atraído más de 150 millones de dólares en fondos internacionales entre 2022 y 2026, de los cuales cerca del 30 % se destina a instituciones argentinas. En Córdoba, se espera que la creación del Centro de Tecnologías Ópticas y Neurociencia (COTON) genere al menos 200 puestos de trabajo directo y cientos de empleos indirectos en la cadena de suministro de equipos fotónicos.

Además, la presencia de investigadores argentinos en el escenario Nobel eleva la visibilidad de la ciencia del país, facilitando acuerdos de transferencia tecnológica con empresas de biotecnología europeas y norteamericanas. Para los jóvenes cordobeses, la noticia se convierte en un ejemplo palpable de que la investigación básica, incluso en una humilde alga de agua dulce, puede cambiar el mundo.

Raíces verdes: la historia de la canalrodopsina y su camino hacia el Nobel

La historia de la canalrodopsina se remonta a los estudios pioneros de Francis Crick en 1979, quien predijo que la clave para descifrar el cerebro sería un método que permitiera encender y apagar neuronas con luz. Aquella idea, entonces considerada una fantasía, encontró su respuesta en la biología de Chlamydomonas reinhardtii, una microalga que habita en lagos y charcos de la zona central de Europa.

Durante la década de los 90, los laboratorios de Hegemann y Nagel fueron los primeros en aislar y caracterizar estas proteínas, demostrando que la luz podía actuar como un interruptor biológico. La posterior colaboración con Deisseroth transformó ese descubrimiento en una herramienta experimental, y hoy, más de 30 años después, esas mismas proteínas están en la frontera de la medicina regenerativa.

En Córdoba, la tradición de estudiar organismos modelo –desde la levadura hasta la mosca de la fruta– se complementa ahora con la optogenética, consolidando a la provincia como un nodo emergente en la neurociencia mundial.

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