Dos días bajo los escombros: la increíble supervivencia de Nayarit Colmenares tras el sismo de La Guaira
La odisea de Nayarit Colmenares, atrapada dos días bajo los escombros y rescatada gracias a un equipo salvadoreño.

En la tarde del 24 de junio de 2024, a las 18:05, Nayarit Colmenares, una arquitecta de 39 años, escuchó cómo su cocina temblaba en el edificio Palmar Este 1, en Caraballeda, La Guaira, Venezuela. En menos de un minuto, dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 derribaron el bloque y la dejaron atrapada junto al cuerpo sin vida de su esposo, Henry. Lo que siguió fue una odisea de 48 horas bajo los escombros, donde la fuerza de voluntad, la fe y la ayuda internacional se combinaron para evitar una tragedia peor.
El temblor que cambió sus vidas
Henry salió de la cocina y, sin saber que sería la última vez que vería a su esposa con vida, la abrazó bajo una viga cercana al balcón. La columna se inclinó, la casa se convirtió en una ola de concreto y Nayarit sintió que su cuerpo giraba como una muñeca sin control. Cayó sobre su brazo y pierna derechos, sintiendo un calor abrasador que la dejó inmóvil. En la oscuridad total, sin saber dónde estaba Henry, solo pudo decirle: “Te amo, Henry” y esperar a que el fin llegara.
Dos días bajo los escombros: la lucha de Nayarit
Contra todo pronóstico, Nayarit nunca perdió la conciencia. Escuchó el sonido de agua corriendo entre los restos, temió ahogarse y, al no subir el nivel, se concentró en la falta de aire. “Tres minutos sin aire, tres días sin agua, tres semanas sin comer”, se repetía como regla de supervivencia. A las 19:00 sonó una alarma de su teléfono, programada para un curso de inteligencia artificial que compartía con Henry; ese sonido le confirmó que había pasado al menos una hora desde el derrumbe.
Con la única mano izquierda funcional, empezó a palpar su entorno, sintiendo que todo le cortaba la piel. Cada intento de alcanzar los teléfonos de ella y de su esposo fallaba, pero la esperanza de avisar que seguía viva la mantuvo en pie. Rezó el Padre Nuestro y el Ave María una y otra vez, mientras el tiempo se dilataba. Cuando la mano izquierda tocó una pierna fría y dura, comprendió que Henry había muerto. Se quedó sobre su cuerpo sin derramar una lágrima; la respuesta fisiológica del cuerpo en situaciones extremas inhibe las emociones.
El silencio se intercaló con breves repiques de escombros y la sensación de que la tierra temblaba de nuevo. Cada ruido era una posible señal de rescate, pero la mayoría se apagaba antes de que ella pudiera reaccionar. Fue entonces cuando escuchó la voz de su hermano Erwin, que gritó “¡Naya!” una sola vez, pero bastó para que la joven volviera a gritar con todas sus fuerzas: “¡Aquí estoy, aquí estoy!”.
La ayuda salvadoreña y el rescate milagroso
El rescate se volvió posible gracias a un contingente de bomberos y equipos de detección enviados por El Salvador. Utilizaron un aparato que detecta vida bajo los escombros y, al percibir los toques de Nayarit contra un tubo de hierro y una pieza de cerámica, establecieron un sistema de comunicación por golpes. Un toque significaba “sí”, dos “no”; con esas respuestas, los salvadores pudieron ubicarla con precisión.
Después de más de 48 horas bajo tierra, los rescatistas lograron abrir un espacio suficiente para ver a Nayarit y le dijeron: “Somos bomberos de El Salvador y no nos vamos hasta sacarte”. Le suministraron líquidos por vía intravenosa y, finalmente, la liberaron del baño de un departamento vecino, donde encontró el cuerpo de Henry. La operación de extracción duró más de seis horas; la luz del exterior y una brisa fresca fueron los últimos recuerdos antes de ser trasladada al Centro Médico de Pariata y luego a la clínica Santa Sofía en Caracas.
Una nueva vida sin mano derecha
Los médicos confirmaron que Nayarit no tenía fracturas mayores, pero sí graves heridas por aplastamiento en el lado derecho, con una infección que amenazó con diseminarse. Le recomendaron la amputación de la mano derecha, una pérdida devastadora para una artista que vivía de dibujar, pintar y hacer manualidades. Aceptó la intervención tras el apoyo incondicional de su familia, que organizó una campaña en GoFundMe desde Francia para financiar una prótesis mioeléctrica de última generación.
Hoy, a tres meses del sismo, Nayarit sigue terapia psicológica y fisiatría. Experimenta el síndrome del miembro fantasma y palpitaciones, pero ha comenzado a entrenar su mano izquierda para recuperar la precisión que antes le daba su derecha. “Voy mejor de lo que pensaba”, asegura, mientras sigue trabajando en una nueva firma artística con la mano izquierda.
Raíces y repercusión en Argentina
El caso de Nayarit resonó también en la comunidad argentina, donde muchos compatriotas viven en Venezuela o siguen de cerca la crisis humanitaria del país vecino. Organizaciones de la diáspora argentina en Caracas y Buenos Aires movilizaron recursos para apoyar la campaña de la prótesis y para presionar a gobiernos a enviar más ayuda médica y de rescate. Además, la participación del equipo salvadoreño recordó a los argentinos la importancia de la cooperación regional en desastres naturales, un tema que vuelve a cobrar relevancia tras los recientes sismos en la zona del Pacífico.
En Córdoba, la historia de Nayarit se convirtió en tema de debate en programas de radio y en la prensa local, donde se destacó la resiliencia de la mujer y la necesidad de fortalecer los protocolos de emergencia en la región del Caribe. La experiencia también sirvió como recordatorio de que, en momentos de catástrofe, la solidaridad trasciende fronteras y el ingenio humano puede salvar vidas.
El eco de una luz que nunca se apaga
La historia de Nayarit Colmenares es, ante todo, la de una mujer que, atrapada entre concreto y polvo, encontró la fuerza para imaginar la luz y el cielo, pese al dolor y la pérdida. Su relato sigue inspirando a cientos de personas que, desde Argentina hasta el resto del mundo, la siguen como un ejemplo de coraje, fe y la capacidad de reinventarse cuando todo parece derrumbarse.
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