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La cultura de la cancelación: cuando el miedo a la libertad ahoga el debate

Una mirada profunda al fenómeno que silencia la crítica y transforma la discusión pública en dogma.

La cultura de la cancelación se ha convertido en la sombra que persigue a quien se atreve a cuestionar los relatos oficiales. En Argentina, y en especial en Córdoba, este fenómeno no solo afecta a periodistas o académicos, sino que penetra en la vida cotidiana, en las aulas, en los bares de la zona norte y en los foros de la comunidad judía local. El siguiente recorrido muestra cómo el impulso de simplificar ideas, de buscar certezas cómodas y de castigar la diferencia, está transformando la esfera pública en una arena de intolerancia.

El cerebro perezoso y la búsqueda de certezas

Los neurocientíficos explican que nuestro órgano pensante tiende a ahorrar energía: preferimos creer antes que pensar. Las ideas preconcebidas y los dogmas reducen la ansiedad y nos dan la sensación de pertenencia a un grupo. En la práctica, esa comodidad se traduce en una aversión al debate complejo. En Córdoba, donde la tradición del intercambio en los cafés de la Plaza San Martín sigue viva, esa tendencia se percibe cuando una conversación sobre política internacional se corta al instante porque “es un tema demasiado sensible”.

Cuando el debate se vuelve delito

En los últimos años, la línea entre la crítica legítima y el “delito de odio” se ha difuminado. Casos como el del escritor uruguayo Rony Kaplan, la prohibición de la académica judía Ariana Harwizc en Granada o la denuncia contra la activista de Córdoba que defendió la posición de Israel, ilustran cómo la justicia a veces se convierte en guardián de la ortodoxia ideológica. En la capital cordobesa, una conferencista fue acusada de “apología del genocidio” por señalar que la narrativa de genocidio palestino no estaba respaldada por pruebas históricas; la causa fue archivada, pero el intento de silenciar quedó en la memoria colectiva.

El caso Israel‑Palestina: la nueva religión del pensamiento único

El conflicto entre Israel y Palestina se ha convertido en el tema anatema por excelencia. En redes sociales, la discusión se reduce a memes que repiten consignas hasta el cansancio, mientras que cualquier matiz es tachado de antisemitismo. En Córdoba, la comunidad judía ha recibido pancartas que combinan símbolos LGTB con la bandera de Hamás, una muestra de cómo la polarización llega a la calle y a la vida cotidiana. La presión no solo se ejerce en la red; manifestaciones, boicots y denuncias penales se multiplican, creando un clima de autocensura.

El precio personal de la disidencia

Quienes deciden romper el relato impuesto enfrentan costos altos: pérdida de empleo, exclusión social, e incluso procesos judiciales. El autor del texto original relata haber sido pintado con graffiti durante una charla y haber visto sus artículos vaciados por la policía. Aunque la causa fue archivada, el mensaje quedó claro: la cancelación no siempre necesita una sentencia; basta con la amenaza para que muchos prefieran callar.

Resistir la marea: la defensa del debate y la libertad de pensamiento

La resistencia no es solo política, es cultural. En barrios como Güemes y Alta Córdoba, colectivos de jóvenes organizan tertulias donde se analizan los hechos sin filtros, fomentando el pensamiento crítico como herramienta de supervivencia. La universidad nacional de Córdoba, pese a los intentos de censura, mantiene grupos de estudio que invitan a expertos internacionales a debatir sobre geopolítica, siempre bajo la premisa de que pensar es un acto de libertad.

Raíces del silencio: historia de la censura en Córdoba

La tradición de la censura no es nueva en la provincia. Durante la dictadura militar (1976‑1983), los periódicos cordobeses fueron clausurados y periodistas encarcelados por abordar temas de derechos humanos. La memoria de esos años sigue presente en la cultura local, pero la forma de la censura ha cambiado: ahora se disfraza de corrección política y se alimenta de las redes sociales.

En la década de los 90, la prensa de la provincia vivió una ola de autocensura para evitar la presión de grupos políticos locales. Hoy, la presión proviene de audiencias hiperconectadas que demandan respuestas instantáneas y simplificadas. La diferencia es que, mientras antes el Estado era el único censurador, ahora la sociedad misma actúa como guardián del relato único.

En la actualidad, la defensa del derecho a disentir pasa por reconocer que la libertad de expresión no es un privilegio de unos pocos, sino una necesidad para la salud democrática de Córdoba. Cada conversación que se mantiene abierta, cada artículo que se publica sin miedo, es una victoria contra la cultura de la cancelación.

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