Los uros escandinavos: de los glaciares a la extinción y lo que nos dice al ganado argentino
El estudio de los uros escandinavos muestra cómo aislamiento, caza y pérdida de hábitat llevaron a su desaparición y qué implica para la ganadería argentina.

Los uros escandinavos: de los glaciares a la extinción y lo que nos dice al ganado argentino
Un equipo liderado por la investigadora sueca Erika Rosengren de la Universidad de Lund desentrañó, mediante ADN antiguo y restos óseos, cómo los uros que poblaron Escandinavia desaparecieron tras la última Edad de Hielo, dejando lecciones para la gestión de nuestras ganaderías.
El viaje de los uros desde la última glaciación
Tras el deshielo que marcó el fin de la última Edad de Hielo, los uros –ancestros salvajes del ganado actual– se desplazaron hacia el norte siguiendo corredores terrestres que conectaban la Europa continental con lo que hoy es Dinamarca y el sur de Suecia. Los análisis genéticos de once ejemplares mostraron que todos pertenecían al grupo mitocondrial P1, indicando un origen compartido en Europa occidental. El estudio, publicado en The Holocene y difundido por Earth.com, reveló que estos animales mantuvieron contacto con poblaciones del sur hasta hace entre 8 500 y 8 000 años.
Sin embargo, el alza del nivel del mar cerró los últimos pasillos de tierra, aislando a los uros escandinavos de los grupos más numerosos del sur. Esa barrera geográfica redujo drásticamente la variedad genética disponible, marcando el inicio de un proceso de aislamiento que, según los investigadores, se mantuvo durante milenios.
Cuellos de botella genéticos y la presión de la caza
Al examinar dos especímenes hallados en Scania, el sur sueco, los científicos detectaron una alta proporción de fragmentos de ADN idénticos, señal inequívoca de un cuello de botella poblacional. En términos simples, la población se volvió tan pequeña que la diversidad genética se desplomó, limitando su capacidad de adaptación a cambios ambientales.
La presión de la caza se mantuvo constante mientras la población se encogía. Entre 9 000 y 8 400 años atrás, los restos óseos indican una caza intensiva, con predominio de machos en los hallazgos, aunque la muestra no permite afirmar una preferencia deliberada por parte de los cazadores. En el yacimiento danés de Sværdborg I, los dientes mostraron que se abatían animales de distintas edades, desde crías hasta adultos mayores, lo que sugiere una explotación sostenida del recurso.
Al mismo tiempo, la expansión de los bosques en el sur escandinavo redujo los pastizales abiertos que los uros necesitaban para alimentarse. Los registros de polen de Suecia indican una escasez de pastos y hierbas bajas entre 8 000 y 6 700 años atrás, y la química de los huesos revela una dieta cada vez más basada en vegetación de bosque denso.
El final del linaje y lecciones para la conservación
Los datos arqueológicos muestran que la especie desapareció de Selandia, la isla danesa, hace aproximadamente 8 500 años, mientras que algunos grupos del sur sueco resistieron hasta hace 6 500 años, gracias a la mayor extensión de hábitats mixtos. Después de 8 000 años, los restos se vuelven escasos en los asentamientos costeros, aunque es posible que pequeñas poblaciones subsistieran en el interior, alimentándose de humedales que conservan mejor los huesos.
Rosengren subraya que “las especies rara vez desaparecen por un solo factor”. La combinación de aislamiento genético, presión de caza y pérdida de hábitat creó una tormenta perfecta que acabó con los uros escandinavos. La investigadora propone la creación de corredores ecológicos que reconecten hábitats fragmentados, una medida que también podría servir a la ganadería argentina, donde la pérdida de pastizales y la fragmentación de la puna amenazan la diversidad de razas autóctonas.
Del pasado a la pampa: qué nos enseña la historia de los uros
En la provincia de Córdoba, los ganaderos conocen bien la importancia de mantener la diversidad genética de sus vacas criollas. La historia de los uros muestra que cuando una población se aísla y pierde variedad, su capacidad para enfrentar cambios climáticos o sanitarios se ve mermada. Los corredores ecológicos que se plantean en Europa podrían inspirar proyectos similares en la cuenca del Río Tercero, donde la reconexión de pastizales y bosques podría proteger tanto a la fauna silvestre como a los rebaños.
Además, la presión de la caza indiscriminada que marcó el declive de los uros recuerda a la caza furtiva de guanacos y ciervos en la sierra de Córdoba. La lección es clara: la gestión sostenible debe combinar control de la caza, preservación de hábitats y mantenimiento de la diversidad genética.
En definitiva, el estudio de los uros no solo nos cuenta la historia de una especie que desapareció hace milenios, sino que también brinda una hoja de ruta para evitar que nuestros propios recursos ganaderos sufran destinos similares.
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