El último disparo al presidente McKinley: anarquía, represión y repercusiones en la Argentina
El último disparo al presidente McKinley: anarquía, represión y repercusiones en la Argentina
Lead: El 6 de septiembre de 1901, en la Exposición Panamericana de Buffalo, el anarquista Leon Czolgosz abatió al presidente estadounidense William McKinley, marcando el tercer asesinato de un mandatario en ejercicio y desatando una ola de represión que cruzó el Atlántico hasta los barrios obreros de Córdoba y Buenos Aires.
El contexto político de EE. UU. y la popularidad de McKinley
William McKinley, de 58 años y con dos mandatos bajo la insignia republicana, había sido elegido en 1896 en plena depresión económica y reelegido en 1900 frente a William Jennings Bryan. Su gestión impulsó la recuperación industrial, la expansión del ferrocarril y la victoria en la guerra hispano‑estadounidense de 1898, que le dio a EE. UU. territorios como Puerto Rico y Filipinas. McKinley cultivaba una cercanía con la gente: recorría ferias, estrechaba manos y escuchaba a los votantes, lo que irritaba al Servicio Secreto, pero él prefería el contacto directo al aislamiento.
Esta confianza popular le valió el apodo de “el presidente del pueblo”, pero también lo convirtió en blanco de los radicales que veían en él al máximo exponente de la opresión capitalista.
Leon Czolgosz: de obrero a asesino
Leon Frank Czolgosz nació en Alpena, Michigan, en 1873. Tras trabajar en la granja familiar, se mudó a la ciudad y se convirtió en obrero industrial. Participó en algunas huelgas, asistió a reuniones anarquistas y, en 1901, escuchó a Emma Goldman en Cleveland. La charla de Goldman –“no soy partidaria de la violencia, pero entiendo a quienes la usan para defender a los trabajadores”– encendió una chispa en Czolgosz, quien tomó esas palabras como una autorización para actuar.
Decidió eliminar a McKinley, al que consideraba el mayor enemigo de la gente buena. Tras un periplo que lo llevó de Buffalo a Chicago y de vuelta a Buffalo, compró un revólver Smith & Wesson calibre 38 el 3 de septiembre, con la intención de disparar al presidente durante su visita a la Exposición.
El día fatídico en la Exposición de Buffalo
El 6 de septiembre, McKinley asistió al Templo de la Música después de un concierto en su honor. Mientras la multitud hacía fila para estrecharle la mano, Czolgosz se ocultó el revólver bajo un pañuelo. Cuando el presidente le tomó la mano izquierda, el asesino sacó el arma y disparó dos veces: la primera rozó al mandatario y la segunda se incrustó en su abdomen.
James Parker, otro ciudadano presente, intentó arrebatarle el arma a Czolgosz, y el detective John Geary se lanzó sobre él. La gente empezó a golpear al agresor, mientras McKinley, herido pero aún consciente, ordenó: “No le hagan daño al muchacho”. Fue trasladado a un quirófano improvisado en la exposición, donde el cirujano Herman Mynter intentó salvarle la vida. La infección y la gangrena provocaron su muerte el 14 de septiembre, ocho días después.
El vicepresidente Theodore Roosevelt asumió la presidencia y, como respuesta al atentado, el Congreso aprobó la Ley de Seguridad de la Oficina del Presidente, ampliando los poderes del Servicio Secreto.
Eco del atentado en la Argentina temprana del siglo XX
La noticia del asesinato llegó a Buenos Aires y Córdoba a través de los diarios “La Nación” y “La Prensa”. En los círculos obreros cordobeses, el hecho se interpretó como una señal de que la violencia podía romper la barrera del poder. Los anarquistas argentinos, activos en la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), vieron en Czolgosz un ejemplo, aunque su falta de afiliación directa al movimiento generó debates internos sobre la legitimidad de los actos aislados.
El gobierno de la República Argentina, bajo la presidencia de Julio Argentino Roca, reaccionó con una fuerte represión: se incrementaron los controles policiales, se prohibieron publicaciones anarquistas y se persiguió a líderes como Simón Ramos y Antonio López. En Córdoba, la policía municipal realizó redadas en talleres y cafés donde se reunían los militantes, y la prensa conservadora utilizó el caso de McKinley para demonizar al anarquismo como una amenaza a la “orden y progreso” del país.
Aunque el atentado no provocó una ola de violencia directa en Argentina, sí alimentó la narrativa de que la lucha obrera debía organizarse dentro de los cauces legales. La reacción estatal marcó una etapa de mayor vigilancia y censura que duraría hasta la década de 1910, cuando el movimiento sindical retomó la militancia con mayor cautela.
Explora más noticias en nuestra sección: Mundo



