Esther Arrúa, la pintora de la Peatonal, busca volver a llenar de color el Paseo de las Flores
La artista cordobesa Esther Arrúa lucha por recuperar la vista y seguir pintando el corazón de la ciudad.

Esther Arrúa, la pintora de la Peatonal, busca volver a llenar de color el Paseo de las Flores
Durante más de diecinueve años la calle peatonal del Paseo de las Flores se convirtió en la galería al aire libre de Esther Arrúa, una artista que ha hecho de la propia Córdoba su musa y su taller. Hoy, a causa de un glaucoma que le ha arrebatado la visión del ojo derecho y ha comprometido el izquierdo, la pintora solicita el apoyo de la comunidad, instituciones y galerías para retomar su producción y volver a ocupar el cantero donde, bajo la sombra de los jacarandás, ha compartido su arte con miles de transeúntes.
Una vida dedicada a la pintura, de Paraguay a Córdoba
Con más de 30 años de trayectoria, Esther ha recorrido Paraguay, Bélgica y varias provincias argentinas antes de decidir, hace casi dos décadas, echar raíces en la capital cordobesa. La ciudad le ofreció una paleta de colores única: la luz dorada de la Cañada, los azules del río, los tonos pastel de las iglesias jesuíticas y la explosión floral del propio Paseo. Cada pincelada se transformó en un registro visual del patrimonio local, convirtiéndose en un espejo de la identidad cordobesa.
“Nací con el amor por la pintura en las venas. Para mí es tan fácil como respirar”, cuenta a Hoy Día Córdoba. Esa pasión no solo la impulsó a crear, sino también a buscar constantemente nuevos horizontes dentro de su propio estilo, evitando la repetición y explorando la relación entre la naturaleza y la arquitectura urbana.
El cantero que se volvió emblemático
El paseo peatonal, bordeado de jacarandás en flor, fue el escenario donde Esther decidió asentarse. “Dije: ‘Acá’. Elegí un cantero y me quedé ahí, llueva o truene”, recuerda. Con el tiempo, su presencia se volvió un punto de referencia para vecinos, turistas y estudiantes de arte. Las obras expuestas allí no solo embellecían la calle, sino que también servían como un archivo informal de los cambios urbanos: la restauración de la Manzana Jesuítica, la revitalización de la Cañada y los nuevos murales que aparecen en los barrios.
Su producción ha incluido paisajes, retratos y una serie de retratos de personajes famosos que quedó a mitad de camino cuando la enfermedad le obligó a pausar. A pesar de la interrupción, la artista mantiene en su taller varios bastidores con ideas visuales listas para cobrar vida.
Glaucoma, cataratas y la lucha por volver al lienzo
Hace unos meses, Esther fue diagnosticada con un glaucoma agresivo que le provocó la pérdida total de visión del ojo derecho y una visión muy limitada del izquierdo. Una posterior cirugía de cataratas complicó aún más el cuadro. Su hija Romina, abogada, dejó parte de su trabajo para acompañar a su madre en el proceso de consultas, intervenciones y rehabilitación visual.
“Mi mamá siempre ha sido una mujer fuerte, autosuficiente y dueña de sus tiempos”, explica Romina. La enfermedad obligó a Esther a reorganizar su rutina diaria, pero también a replantear su método de trabajo: ahora experimenta con texturas táctiles, colores más vivos y la ayuda de asistentes para trasladar la visión a la piel.
“Si no puedo ver, igual voy a seguir pintando”, afirma Esther, reafirmando su compromiso con el arte y con la comunidad que tanto la ha apoyado.
Apoyo comunitario y el valor económico del arte local
La familia ha lanzado una campaña de recaudación y ha contactado a museos, galerías y a la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Córdoba, buscando fondos que le permitan adquirir materiales, adaptar su taller a sus nuevas necesidades visuales y organizar una exposición retroactiva que muestre más de tres décadas de obra.
Para la economía creativa de la ciudad, el regreso de Esther al circuito artístico representa una oportunidad de revitalizar el flujo de visitantes al centro peatonal, generar ventas de obras y fortalecer la reputación de Córdoba como capital cultural del interior. Cada cuadro vendido se traduce en ingresos para la artista y, a su vez, en una mayor visibilidad para los comercios y locales que rodean la Peatonal.
Romina subraya que la valoración no debe quedar sólo en lo sentimental: “Necesitamos que la obra sea reconocida cultural y económicamente, para que la artista pueda vivir de lo que ama”.
Raíces que inspiran: la Cañada y el patrimonio cordobés
La Cañada, ese arroyo que atraviesa la ciudad y que Esther cruzó “a primera vista”, sigue siendo el motor temático de muchas de sus piezas. En primavera, los árboles revisten sus orillas de verdes intensos; en invierno, la niebla crea atmósferas melancólicas que la artista captura con pinceladas suaves.
Además, sus pinturas de la Manzana Jesuítica, la Iglesia de la Virgen del Rosario y otras construcciones coloniales sirven como testimonio visual de la arquitectura que ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. En un momento en que la conservación de estos inmuebles es tema de debate público, la obra de Esther aporta una capa extra de conciencia y orgullo local.
Su estilo, a la vez realista y cargado de luz, ha inspirado a jóvenes pintores que frecuentan el cantero y que ahora consideran a Esther una mentora informal.
Un futuro colorido entre pinceles y recuerdos
Con la vista todavía en proceso de recuperación, Esther ha comenzado a experimentar con técnicas mixtas, incorporando materiales reciclados y pigmentos naturales. La artista planea, una vez estabilizada su salud, organizar una exposición itinerante que lleve sus obras a barrios como Güemes, Alta Gracia y la propia Cañada, reforzando el vínculo entre la comunidad y la creación artística.
Mientras tanto, la familia sigue inventariando la producción acumulada, catalogando cientos de obras que aún no han encontrado un espacio de exhibición. El objetivo es crear un archivo digital accesible para investigadores, colegios y amantes del arte, consolidando el legado de Esther como parte integral de la historia cultural cordobesa.
Memorias de una artista que respira colores
Esther Arrúa nació en una época en la que la escena artística de Córdoba aún estaba en desarrollo. Su llegada coincidió con la apertura de la Peatonal y la consolidación del Paseo de las Flores como eje cultural. Desde entonces, ha sido testigo y partícipe activo de la transformación urbana: la renovación de la Plaza San Martín, la creación del Museo Emilio Bolaños y la explosión de festivales de arte callejero.
Su obra, más que una simple colección de paisajes, constituye un registro histórico de cómo la ciudad ha cambiado a lo largo de los años. Cada cuadro muestra la evolución de los colores, la luz y la arquitectura, ofreciendo a futuros historiadores una herramienta visual para entender la identidad de Córdoba.
En definitiva, la pintura de Esther es un puente entre el pasado y el presente, una conversación continua con la ciudad que la acogió y que ahora la llama a volver a sus raíces, a retomar el cantero y a seguir respirando colores para las próximas generaciones.
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