La tragedia oculta tras el letrero de Hollywood: la historia de Millicent “Peg” Entwistle y su fantasma
Una joven actriz británica se quitó la vida bajo el icónico letrero y, desde entonces, su espíritu ronda la colina.

Lead: En la madrugada del 16 de septiembre de 1932, Millicent “Peg” Entwistle, una prometedora actriz de 22 años, se arrojó al vacío desde la letra “H” del famoso letrero de Hollywoodland, dejando tras de sí una carta de despedida que desencadenó la leyenda del fantasma del cartel de Hollywood. La tragedia, nacida del desengaño de una carrera que nunca despegó, sigue alimentando relatos nocturnos sobre una mujer de los años treinta que deambula entre luces y sombras.
El sueño que la llevó a Hollywood
Peg llegó a Los Ángeles en 1930 con una mochila llena de esperanzas y un currículum que incluía una exitosa temporada en Broadway, donde debutó a los 17 años en El pato silvestre de Ibsen. Su padre, Robert Entwistle, había sido director de teatro y, tras una serie de tragedias familiares —la muerte de su madre, el fallecimiento de su segundo cónyuge y, finalmente, su propio accidente en Park Avenue—, la niña quedó al cuidado de su tío Harold en Nueva York. Gracias a los contactos del padre, Peg fue recomendada por Bette Davis al New York Theatre Guild y, poco después, un directivo de RKO la fichó para la primera película sonora del estudio, Trece mujeres.
Al desembarcar en la Costa Oeste, el letrero de “Hollywoodland” la recibió con sus cuatro mil luces titilantes, un espectáculo que la joven interpretó como el reflejo de su futuro brillante. En esa época, el cartel, construido en 1923 con 21.000 dólares (una fortuna para la época), no anunciaba el cine, sino la venta de terrenos; sin embargo, la explosión del cine sonoro lo transformó en el símbolo universal de la industria.
El fracaso que la hundió
La filmación de Trece mujeres resultó ser una pesadilla. Aunque el guion le reservaba un papel relevante como Hazel, el director George Archainbaud recortó sus escenas y, al final, la productora le rescindió el contrato. En los años 30, los contratos con los “Big Five” garantizaban no solo un sueldo, sino la posibilidad de ser llamado a cualquier proyecto. Al perder esa estabilidad, Peg quedó sin ingresos y sin la esperanza de volver a brillar bajo los reflectores.
Desesperada, la actriz empezó a mostrar signos de depresión. La carta encontrada en su cartera, firmada con las iniciales “P.E.”, confesaba su miedo y su sentimiento de cobardía. Sin testigos, la única pista fue el abrigo dejado al pie de la letra “H”, donde la joven habría subido por la escalera interna de la estructura para lanzarse al vacío.
El mito que perdura
Tras su muerte, la historia tomó un giro sobrenatural. A principios de los años 40, la propia letra “H” se derrumbó tras el choque de un Ford A conducido por el cuidador ebrio Albert Kothe. Ese suceso avivó la leyenda: una mujer vestida con ropa de los años treinta que, según testigos, ronda el letrero y desaparece al acercarse. Los guardias que vigilan la zona aseguran que, al sonar las alarmas, perciben un perfume penetrante a gardenias, el mismo que usaba Peg.
Las cámaras de circuito cerrado nunca capturan una figura, pero el relato se ha mantenido vivo en guías turísticas y en programas de televisión que buscan “el fantasma del cartel de Hollywood”. Cada año, miles de turistas suben a la colina y, aunque la mayoría no ve nada, el mito sigue atrayendo a curiosos y a amantes del cine que quieren sentir, aunque sea un escalofrío, la presencia de una estrella caída.
Eco de una estrella caída: recuerdos y legado en Córdoba
En nuestra provincia, la historia de Peg resuena con la experiencia de muchos artistas cordobeses que soñaron con la fama pero se toparon con la cruda realidad del mercado cultural. El Teatro del Libertador y la Casa de la Cultura de Córdoba, por ejemplo, han acogido a talentos que, como Peg, llegaron con la ilusión de ser descubiertos y, a veces, se vieron obligados a regresar al interior del país, cargando el peso de un fracaso que no siempre se olvida.
El caso de Peg también sirve de advertencia para los profesionales del espectáculo local: la falta de una red de apoyo y la presión de los estudios pueden ser letales. En los últimos años, la provincia ha impulsado programas de salud mental para artistas, reconociendo que el “cuerpo de trabajo” (laburo) no puede ser solo físico, sino también emocional.
Así, la tragedia de una joven británica que nunca vio su nombre en los carteles de la Gran Pantalla se ha convertido en una lección para la comunidad artística cordobesa. El fantasma que ronda el letrero de Hollywood no solo es un cuento de terror; es un espejo que refleja la fragilidad de los sueños cuando el brillo de las luces se vuelve demasiado intenso.
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