Los bosques templados pierden fuerza como sumideros de carbono: la alarmante señal del norte de EE. UU.
Dos décadas de datos revelan que los bosques maduros del norte de EE. UU. están dejando de absorber carbono y empiezan a emitirlo.

Los bosques templados pierden fuerza como sumideros de carbono: la alarmante señal del norte de EE. UU.
Un equipo de la Universidad del Norte de Arizona (NAU) reveló que el Bosque Experimental de Bartlett, en Nuevo Hampshire, dejó de absorber CO₂ y empezó a expulsarlo en varios años entre 2021 y 2023, según publicó la revista Global Change Biology Communications. La investigación, que cubre dos décadas de mediciones continuas, muestra que la respiración del ecosistema ha superado a la fotosíntesis, poniendo en jaque la capacidad de estos bosques para mitigar el cambio climático.
Cómo se midió el flujo de carbono durante veinte años
Desde 2004, una torre de 26,5 m de altura instalada en un sector de árboles entre 100 y 125 años –arces rojos, hayas americanas y abedules amarillos– registró cada cinco segundos temperatura, humedad, concentración de CO₂ y velocidad del viento. Con esos datos, los investigadores calcularon el intercambio de carbono cada 30 minutos usando la técnica de covarianza de torbellinos. Cuando hubo lagunas, un modelo de inteligencia artificial completó los valores faltantes a partir de variables climáticas como la radiación solar y la humedad del suelo.
De sumidero a fuente: la tendencia de la respiración del bosque
Los primeros años del estudio mostraron una captura robusta: en 2007 el bosque absorbió 325 g C m⁻². Pero la balanza se invirtió en la última parte del periodo; en 2021 el bosque expulsó 22 g C m⁻², en 2022 120 g C m⁻² y en 2023 15 g C m⁻². La fotosíntesis se mantuvo relativamente estable, mientras que la respiración del ecosistema –emisión de CO₂ por raíces, microorganismos y descomposición de materia orgánica– creció de forma sostenida.
¿Por qué aumenta la respiración? Calentamiento invernal y luz difusa
Dos factores climáticos explican el salto de la respiración. Primero, los inviernos se han vuelto más cálidos; la temperatura del suelo en enero‑marzo subió entre 0,09 y 0,11 °C por año, prolongando la actividad biológica bajo nieve y permitiendo que raíces y microbios sigan respirando cuando antes estaban inactivos. Segundo, la radiación difusa aumentó en agosto, distribuyendo la luz de forma más uniforme entre todas las hojas, incluidas las sombreadas, lo que mejoró la fotosíntesis pero también alimentó a los microorganismos del suelo, acelerando la descomposición y la liberación de CO₂.
Implicancias para los modelos climáticos y la política ambiental
Gran parte de los modelos globales asumen que los bosques templados seguirán siendo sumideros de carbono durante las próximas décadas. Si la tendencia observada en Bartlett se replica en otros bosques maduros de la zona norte‑americana o en ecosistemas similares de la Patagonia, las proyecciones de mitigación podrían estar subestimando el calentamiento futuro. Además, la pérdida de capacidad de los bosques afecta a la economía local: menos captura de carbono implica menos créditos de carbono y menos oportunidades de financiamiento verde para comunidades que dependen del sector forestal.
Un llamado a la investigación de largo plazo
“El hecho de que solo detectáramos este debilitamiento después de veinte años de monitoreo continuo subraya la importancia de la inversión sostenida en investigación ecológica”, señaló la estudiante doctoral Darby Bergl, líder del estudio. La historia del Bosque Experimental de Bartlett está marcada por tala masiva a comienzos del siglo XX, un huracán en 1938, una tormenta de hielo en 1998 y décadas de lluvia ácida, sin olvidar dos enfermedades que azotan a las hayas actualmente. Todo ello muestra cuán vulnerable es la salud de los bosques frente a perturbaciones acumulativas.
¿Qué nos dice la historia de nuestros bosques?
Los bosques cordobeses, aunque de clima distinto, comparten procesos esenciales con los bosques templados del noreste de EE. UU. La expansión de la frontera agrícola en el siglo XX, la tala y los incendios han dejado legados de suelo degradado y especies invasoras que, al igual que en Bartlett, pueden alterar el balance entre fotosíntesis y respiración. En la provincia, los bosques de la Sierra de los Comechingones y los de la zona de la Cuenca del Río Tercero ya muestran señales de envejecimiento y cambios en la dinámica del carbono.
En la última década, la ONU estimó que los bosques, suelos y plantas absorbieron cerca del 30 % de las emisiones de CO₂ generadas por la quema de combustibles fósiles. Si la tendencia de pérdida de capacidad sumidera se extiende, la Argentina tendría que reforzar sus políticas de reforestación, manejo forestal sostenible y monitoreo continuo para evitar que sus bosques se conviertan en fuentes netas de carbono.
El estudio de Bartlett es una llamada de atención: la resiliencia de los bosques no es infinita. La combinación de inviernos más cálidos, mayor radiación difusa y envejecimiento de los árboles puede convertir a los antiguos sumideros de carbono en emisores, complicando aún más la lucha contra el calentamiento global. Para Córdoba y el resto del país, la lección es clara: invertir en investigación de largo plazo y en la gestión cuidadosa de los bosques es ahora más urgente que nunca.
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