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Perlora, la ciudad fantasma asturiana que vuelve a ser noticia: entre el abandono, el arte y la esperanza de un nuevo futuro

La Ciudad Residencial de Perlora, construida bajo el franquismo, se transforma en un caso de estudio sobre turismo, arte y recuperación urbana.

Lead: La Ciudad Residencial de Perlora, construida en 1954 por la Obra Sindical de Educación y Descanso del régimen de Francisco Franco en la costa de Asturias, lleva más de dos décadas cerrada y convertida en un pueblo fantasma que hoy atrae a curiosos, fotógrafos y a la polémica de un ambicioso plan de recuperación regional.

El sueño franquista que se quedó en la orilla

Sobre 20 hectáreas frente al mar Cantábrico, la administración franquista erigió 274 edificaciones destinadas a albergar a 2.000 veraneantes cada verano, en turnos de quince días. Las familias, en su mayoría vinculadas al Instituto Nacional de Industria, pagaban un 20 % menos en el comedor central, que reunía a cientos de personas bajo un techo de colores pastel que hoy se muestra ajado y descascarado. Calles con nombres de ciudades asturianas –Gijón, Oviedo, Langreo– se convirtieron en pasillos vacíos, y la iglesia con su cruz de piedra quedó cerrada, con cristales rotos y grafitis descoloridos.

Arquitectura singular y el abandono que ahora atrae a los curiosos

Diseñada por los hermanos Somolinos, la urbanización contaba con 35 tipologías arquitectónicas distintas: chalés curvos, volúmenes angulares y estructuras que hoy parecen sacadas de una película de ciencia‑ficción. Los colores originales –rosa, amarillo, verde y naranja– siguen visibles bajo capas de polvo y maleza. En la entrada, una garita con vigilante 24 horas controla el acceso y la valla de seguridad nunca se baja. Los únicos residentes habituales son los gatos que se agolpan alrededor de bolsas de comida, y una gaviota que parece la dueña del lugar.

El costo del olvido y el plan PEPRI para revivir Perlora

Tras la muerte de Franco y la transición a la democracia, la gestión del complejo pasó al Gobierno del Principado de Asturias en 1982. El deterioro fue progresivo y, en 2005, se demolió el edificio principal. En noviembre de 2006 la ciudad cerró definitivamente, y en 2019 el parlamento asturiano la declaró “irrecuperable”. Sin embargo, el mantenimiento de zonas verdes, cañerías y la seguridad le cuesta al gobierno regional 1,4 millones de euros al año, mientras que la inversión necesaria para una rehabilitación ronda entre 25 y 40 millones.

El 14 de agosto de 2025 se presentó el Plan Especial de Protección y Reforma Interior (PEPRI), que propone tres ejes: actualización de espacios públicos y servicios, conservación del concepto de ciudad‑jardín y fomento de la actividad económica mediante concesiones turísticas a largo plazo. Entre las 31 tipologías arquitectónicas que se protegerán están la iglesia, el bar La Cabaña y Villa Homes, y se creará una “Casa imagen” para difundir la historia del complejo.

¿Qué puede aprender Argentina de este pueblo fantasma?

Para nosotros, cordobeses y argentinos en general, Perlora sirve de espejo para reflexionar sobre los proyectos de turismo masivo que, sin una visión sostenible, terminan en abandono. En nuestra provincia, la costera de la V‑Río y los balnearios de Mar del Plata han vivido oleadas de sobre‑inversión que, sin planes de mantenimiento, pueden acabar en ruinas similares. El caso asturiano muestra cómo la falta de un plan de gestión a largo plazo genera un gasto público que frena el laburo de los municipios y deja a la población sin una alternativa viable.

Además, la experiencia de los fotógrafos del colectivo Los del Fondo, que transformaron el abandono en una exposición en Madrid, abre la puerta a la idea de que el arte y la memoria pueden ser motores de reactivación económica. En Argentina ya hemos visto proyectos como la revitalización del barrio de San Telmo mediante recorridos fotográficos y ferias de arte; Perlora podría seguir una ruta parecida, atrayendo a turistas culturales y generando ingresos para la comunidad local de Carreño.

Un vistazo al futuro: turismo, cultura y memoria

El verano sigue trayendo visitantes a Perlora, aunque sean solo paseantes que suben desde la playa para tomar el sol entre los jardines de los chalés. Los vecinos de Carreño, ancianos que caminan despacio y corredores que usan los senderos, mantienen viva una presencia humana mínima pero constante. Si el PEPRI avanza, se prevé la apertura de servicios de playa mejorados, limitación del tránsito de vehículos privados y la creación de actividades turísticas guiadas que cuenten la historia del proyecto franquista, sus errores y su legado.

El reto será equilibrar la conservación del patrimonio arquitectónico con la necesidad de generar empleo y dinamizar la economía local, sin que el proyecto se convierta en otro “paseo de la memoria” sin sustancia. La participación de la ciudadanía, la colaboración entre el gobierno regional y el sector privado, y la puesta en valor de la cultura visual pueden ser las claves para que Perlora deje de ser una mancha en el territorio y se convierta en un punto de referencia para el turismo responsable.

Raíces de una utopía derruida

Perlora nació como una promesa de descanso para los trabajadores del Estado, una ciudad‑jardín que pretendía ofrecer a las familias numerosas un verano sin sobresaltos. La arquitectura de los Somolinos, con su audaz variedad de formas, reflejaba la intención de crear un entorno moderno y alegre, alejado del gris industrial de la época. Sin embargo, la falta de continuidad política, la escasa planificación post‑franquista y la ausencia de un modelo de gestión sostenible provocaron su declive.

Hoy, los gatos que rondan los chalés y la gaviota que vigila los tejados son los únicos testigos vivientes de una historia que sigue escribiéndose. La iniciativa PEPRI, junto con la mirada artística de colectivos como Los del Fondo, abre una nueva página: la posibilidad de que la ciudad fantasma recupere su sentido, no como un recuerdo del pasado, sino como un espacio vivo que conecte a turistas, investigadores y locales en una experiencia compartida.

En definitiva, Perlora nos recuerda que los proyectos de gran escala requieren de una visión a largo plazo, de mantenimiento constante y, sobre todo, de la participación activa de la comunidad. Sólo así una ciudad construida contra el mar podrá volver a ser un lugar donde la gente quiera vivir, trabajar y, por qué no, volver cada verano.

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